Hoy me siento peor.
Han pasado quince días desde que mi mamá murió y, en lugar de sentir que el dolor disminuye, siento que las sombras se hacen más grandes. En la madrugada no podía dormir. Cerraba los ojos y volvía a verla en el ataúd. Y entonces mi cabeza comenzaba otra vez, como si necesitara encontrar una respuesta que todavía no existe. Pensaba en el tiempo, en la muerte, en las plantas, en los animales, en las personas. En que todos, inevitablemente, terminamos igual.
Y me asusta.
Hoy, en mi clase de bushido, hablaron del camino de las personas que se cruzan, de la paciencia, del destino, de ese supuesto plan que la vida va trazando y que solo comprendemos cuando miramos hacia atrás. Hablaron de descubrir el para qué.
Y yo estoy aquí, en medio de mi propia oscuridad, preguntándome cómo se supone que debo descubrir algo cuando todavía me duele respirar sin mi mamá.
Tal vez estoy intentando entender demasiado pronto.
O no tengo que descubrir ahora por qué ocurrió.
Tampoco tengo que convencerme de que todo sucede por alguna razón.
Me gustaría no obligarme a encontrar un sentido.
Aún sé qué haré con lo que pasó.
Eso es todo.
Mi mamá murió.
La extraño.
Me duele.
Estoy cansada.
Tengo miedo.
¿Eso también es un entrenamiento?
El de permanecer cuando todo dentro de mí quiere escapar.
Cuando vuelva a aparecer la imagen de mi mamá en el ataúd, intentaré decirme que sí, que eso ocurrió, pero que mi mamá no fue ese momento.
Fue su risa.
Fue su baile.
Fue el refrigerador lleno cuando yo intentaba ser independiente.
Fue el desayuno que me llevaba cuando estaba embarazada.
Fue la mujer que cuidó a la Sisa como una abuelita mamá.
Fue la amiga que conversaba con todo el mundo.
Fue la mujer que, aun con sus heridas, aprendió a amar mejor.
Fue mi casa.
Y no quiero que el último momento de su vida termine ocupando toda la memoria de su vida.
Hoy no necesito resolver la muerte o el universo, el destino
Esta noche solo necesito atravesar esta noche.
Mañana atravesaré mañana.
Y si mañana tampoco puedo, atravesaré solamente esa hora.
Porque ese también es el camino.
Un día a la vez.
Hoy quiero encender una pequeña luz.
Y mañana, otra.

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