viernes, 14 de agosto de 2026

El entrenamiento de hoy


Hoy me siento peor.

Han pasado quince días desde que mi mamá murió y, en lugar de sentir que el dolor disminuye, siento que las sombras se hacen más grandes. En la madrugada no podía dormir. Cerraba los ojos y volvía a verla en el ataúd. Y entonces mi cabeza comenzaba otra vez, como si necesitara encontrar una respuesta que todavía no existe. Pensaba en el tiempo, en la muerte, en las plantas, en los animales, en las personas. En que todos, inevitablemente, terminamos igual.

Y me asusta.

Hoy, en mi clase de bushido, hablaron del camino de las personas que se cruzan, de la paciencia, del destino, de ese supuesto plan que la vida va trazando y que solo comprendemos cuando miramos hacia atrás. Hablaron de descubrir el para qué.

Y yo estoy aquí, en medio de mi propia oscuridad, preguntándome cómo se supone que debo descubrir algo cuando todavía me duele respirar sin mi mamá.

Quizá estoy intentando entender demasiado pronto.

Quizá no tengo que descubrir ahora por qué ocurrió.

Quizá tampoco tengo que convencerme de que todo sucede por alguna razón.

Hoy no quiero obligarme a encontrar un sentido.

Quiero permitirme decir algo mucho más sencillo y mucho más verdadero.

Todavía no sé qué haré con lo que pasó.

Eso es todo.

Mi mamá murió.

La extraño.

Me duele.

Estoy cansada.

Tengo miedo.

Y aun así estoy aquí.

Quizá este sea también el entrenamiento.

No el de aprender a no sentir.

No el de volverme fuerte hasta que nada consiga romperme.

Sino el de permanecer cuando todo dentro de mí quiere escapar.

Cuando vuelva a aparecer la imagen de mi mamá en el ataúd, intentaré decirme que sí, que eso ocurrió, pero que mi mamá no fue ese momento.

Mi mamá fue mucho más.

Fue sus manos gorditas.

Fue su risa.

Fue su baile.

Fue el refrigerador lleno cuando yo intentaba ser independiente.

Fue el desayuno que me llevaba cuando estaba embarazada.

Fue la mujer que cuidó a la Sisa como una abuelita mamá.

Fue la amiga que conversaba con todo el mundo.

Fue su orgullo cuando hablaba de sus hijos.

Fue la mujer que, aun con sus heridas, aprendió a amar mejor.

Fue mi casa.

Y no quiero que el último momento de su vida termine ocupando toda la memoria de su vida.

Hoy no necesito resolver la muerte.

No necesito comprender el universo.

No necesito descubrir el destino.

No necesito encontrar el para qué.

Esta noche solo necesito atravesar esta noche.

Mañana atravesaré mañana.

Y si mañana tampoco puedo, atravesaré solamente esa hora.

Porque quizá eso también sea el camino.

Una realidad a la vez.

Una respiración a la vez.

Un día a la vez.

No tengo que salir hoy de las sombras.

Hoy basta con encender una pequeña luz.

Y mañana, otra.

domingo, 9 de agosto de 2026

El tiempo

El tiempo. Dimensión física en donde suceden los distintos estados que atraviesa la materia. Eso dice, más o menos, la definición.

Para mí, el 30 de julio, el tiempo fue dolor, incertidumbre y una llamada de mi hija Sisa desde el celular. 

Mami, ven rápido.
Mami, la abuelita se cayó.

Y entonces el tiempo se detuvo unos milisegundos, aunque nadie alrededor pudiera verlo. Para los demás el mundo seguía ocurriendo, pero para mí no. Para mí solo existía esa frase y una necesidad de teletransportarme, de tener un agujero negro, una puerta secreta, cualquier cosa que pudiera llevarme hasta ella en segundos y no en los veinte minutos que finalmente tardé.

El tiempo. Otra vez el tiempo.

4:11.

En ese mismo instante, en ese mismo tiempo, mi mamá, la mujer que me tuvo en su vientre, la que me dio la mano para enseñarme a caminar, la que me regañó y después me besó en la frente, estaba en el suelo.

4:16.

Mi hija volvió a llamarme.

Parecía más grave.

5 minutos.

Solo cinco.

Y uno empieza a comprender que la vida y la muerte quizá no están tan lejos como nos gusta pensar. 

Que entre una y otra puede haber apenas unos milisegundos, una respiración, un latido que ocurre o que deja de ocurrir mientras nosotros seguimos creyendo que el tiempo es algo que se puede medir tranquilamente con un reloj.

El tiempo.

Manejé.

20 minutos.

Cómo quería que ese trayecto fuera menor. Quería que 20 minutos fueran diez, que diez fueran cinco, que cinco fueran uno. Quería hacerle trampa al tiempo, que el tiempo negocie conmigo.

Los minutos eran decisivos.

Cada uno de ellos tenía el peso de una vida.

Quería llegar hasta alguien que amaba. Hasta alguien cuyo amor, pensaba yo, debía trascenderlo todo.

Aunque tres minutos antes mi hermano me había dicho que ella ya no estaba. Que la energía de su cuerpo se había ido.

Tres minutos.

Y aun así seguí manejando.

Porque una cosa es que alguien te diga que la muerte llegó y otra muy distinta es aceptarlo. Quizá porque desde niños nos enseñan a creer que todavía hay tiempo. Que mientras alguien respire, mientras alguien esté allí, mientras podamos tocarlo, siempre queda una posibilidad.

4:31.

La ambulancia había llegado y obstaculizaba el parqueadero.

Bien.

Hay tiempo.

Hay tiempo.

No importa.

Dejé el carro en la calle.

Caminé.

Corrí.

Peleé con el tiempo.

Como si correr pudiera devolverme esos minutos que ya habían pasado. Como si mis piernas pudieran alcanzar al tiempo, sujetarlo de algún lugar y obligarlo a retroceder.

Quería encontrarme con ella.

Quería saber que todavía quedaba esperanza.

Que todavía había tiempo.

Los paramédicos estaban dentro del cuarto.

Pasó un minuto.

Solo uno.

Sisa dijo que no sabía qué estaba pasando.

No sabía.

Y entonces mi hermano bajó.

Bajó como baja alguien cuando el tiempo acaba de derrotarlo.

Mami se fue en mis manos hace veinte minutos.

No pude hacer nada.

Ya no pudimos.

El tiempo.

Veinte minutos.

Salí de mi trabajo esa tarde. Quise quedarme. Tenía esa sensación extraña de que no pasaba nada, de que todo podía continuar como cualquier otro día. Pero todo estaba pasando sin mí.

Todo.

Abrieron la puerta de la habitación.

La habitación de mi mamá, esa que siempre permanecía abierta.

Y allí estaba.

Cubierta con una sábana de colores.

Toda ella.

Su cuerpo.

Su rostro.

Y qué doloroso descubrir que el tiempo también podía ser eso.

Una definición que alguna vez leí sin detenerme demasiado. Y volvió a resonar esa definición, la dimensión física en la que suceden los distintos estados que atraviesa la materia.

El tiempo transcurre.

No se detiene.

Día.

Mañana.

Tarde.

Noche.

Y vuelve.

Y vuelve.

Y vuelve.

Han pasado diez días desde aquel día.

Diez días.

Y pasarán meses.

Y pasarán años.

Y yo seguiré aquí, viviendo dentro de ese tiempo que no se detuvo cuando yo quería que se detuviera.

Y también me iré algún día, aunque todavía no entiendo qué necesitamos entender del tiempo para aceptar algo así.

Porque quizá el tiempo no se lleva a las personas.

Quizá lo que hace es cambiar el estado de las cosas.

Horas antes, mi mamá estaba bailando en el parque.

Desayunando.

Cocinando.

Riéndose.

Enojándose.

Viviendo.

Era un cuerpo vivo.

Una materia que respiraba, que caminaba, que hablaba, que podía tocar.

Y unas horas después estaba allí, en esa habitación, bajo una sábana de colores.

Un dia después. Miré sus manos gorditas. Inmóviles. Ya en otra dimension. 

Las mismas manos que alguna vez me dieron la mano para caminar, sostenían, a la fuerza, un crucifijo.

Miré su rostro.

Irreconocible.

Y quizá esa fue la última crueldad del tiempo.

Porque unas horas antes yo sabía perfectamente quién era ella.

Mi mamá.

Y ahora tenía que aprender a reconocerla en otra parte.

En la memoria.

En las fotografías.

En sus cosas.

En la comida que hacía.

En las palabras que decía.

En las manos de mis hermanos y mi hija.

En mí.

Porque eso hace el tiempo.

Primero nos convence de que tenemos todo el tiempo del mundo.

Después nos lo arrebata en cinco minutos.

Y luego continúa.

Como si nada.

Día.

Mañana.

Tarde.

Noche.

Diez días.

Un mes.

Un año.

Y nosotros seguimos contando.

Quizá porque contar sea nuestra manera torpe de intentar comprender.

4:11.

4:16.

4:45.

Veinte minutos.

Tres minutos.

Un minuto.

Diez días.

Y una vida entera.

Todo cabe dentro del tiempo.

Todo ocurre allí.

El nacimiento.

La infancia.

Una mano que nos enseña a caminar.

Un beso en la frente.

Una madre que cocina.

Una hija que llama.

Una ambulancia que llega.

Una puerta que se abre.

Un cuerpo que deja de responder.

Y nosotros, siempre nosotros, intentando llegar a tiempo.

Sin entender que el tiempo llega antes que nosotros.