El tiempo. Dimensión física en donde suceden los distintos estados que atraviesa la materia. Eso dice, más o menos, la definición.
Para mí, el 30 de julio, el tiempo fue dolor, incertidumbre y una llamada de mi hija Sisa desde el celular.
Mami, ven rápido.
Mami, la abuelita se cayó.
Y entonces el tiempo se detuvo unos milisegundos, aunque nadie alrededor pudiera verlo. Para los demás el mundo seguía ocurriendo, pero para mí no. Para mí solo existía esa frase y una necesidad de teletransportarme, de tener un gusano negro, una puerta secreta, cualquier cosa que pudiera llevarme hasta ella en segundos y no en los treinta minutos que finalmente tardé.
El tiempo. Otra vez el tiempo.
4:11.
En ese mismo instante, en ese mismo tiempo, mi mamá, la mujer que me tuvo en su vientre, la que me dio la mano para enseñarme a caminar, la que me regañó y después me besó en la frente, estaba en el suelo.
4:16.
Mi hija volvió a llamarme.
Parecía más grave.
5 minutos.
Solo cinco.
Y uno empieza a comprender que la vida y la muerte quizá no están tan lejos como nos gusta pensar.
Que entre una y otra puede haber apenas unos milisegundos, una respiración, un latido que ocurre o que deja de ocurrir mientras nosotros seguimos creyendo que el tiempo es algo que se puede medir tranquilamente con un reloj.
El tiempo.
Manejé.
15 minutos.
Cómo quería que ese trayecto fuera menor. Quería que quince minutos fueran diez, que diez fueran cinco, que cinco fueran uno. Quería hacerle trampa al tiempo, que el tiempo negocid conmigo.
Los minutos eran decisivos.
Cada uno de ellos tenía el peso de una vida.
Quería llegar hasta alguien que amaba. Hasta alguien cuyo amor, pensaba yo, debía trascenderlo todo.
Aunque tres minutos antes mi hermano me había dicho que ella ya no estaba. Que la energía de su cuerpo se había ido.
Tres minutos.
Y aun así seguí manejando.
Porque una cosa es que alguien te diga que la muerte llegó y otra muy distinta es aceptarlo. Quizá porque desde niños nos enseñan a creer que todavía hay tiempo. Que mientras alguien respire, mientras alguien esté allí, mientras podamos tocarlo, siempre queda una posibilidad.
4:31.
La ambulancia había llegado y obstaculizaba el parqueadero.
Bien.
Hay tiempo.
Hay tiempo.
No importa.
Dejé el carro en la calle.
Caminé.
Corrí.
Peleé con el tiempo.
Como si correr pudiera devolverme esos minutos que ya habían pasado. Como si mis piernas pudieran alcanzar al tiempo, sujetarlo de algún lugar y obligarlo a retroceder.
Quería encontrarme con ella.
Quería saber que todavía quedaba esperanza.
Que todavía había tiempo.
Los paramédicos estaban dentro del cuarto.
Pasó un minuto.
Solo uno.
Sisa dijo que no sabía qué estaba pasando.
No sabía.
Y entonces mi hermano bajó.
Bajó como baja alguien cuando el tiempo acaba de derrotarlo.
Mami se fue en mis manos hace veinte minutos.
No pude hacer nada.
Ya no pudimos.
El tiempo.
Veinte minutos.
Salí de mi trabajo esa tarde. Quise quedarme. Tenía esa sensación extraña de que no pasaba nada, de que todo podía continuar como cualquier otro día. Pero todo estaba pasando sin mí.
Todo.
Abrieron la puerta de la habitación.
La habitación de mi mamá, esa que siempre permanecía abierta.
Y allí estaba.
Cubierta con una sábana de colores.
Toda ella.
Su cuerpo.
Su rostro.
Y qué doloroso descubrir que el tiempo también podía ser eso.
Una definición que alguna vez leí sin detenerme demasiado. Y volvió a resonar esa definición, la dimensión física en la que suceden los distintos estados que atraviesa la materia.
El tiempo transcurre.
No se detiene.
Día.
Mañana.
Tarde.
Noche.
Y vuelve.
Y vuelve.
Y vuelve.
Han pasado diez días desde aquel día.
Diez días.
Y pasarán meses.
Y pasarán años.
Y yo seguiré aquí, viviendo dentro de ese tiempo que no se detuvo cuando yo quería que se detuviera.
Y también me iré algún día, aunque todavía no entiendo qué necesitamos entender del tiempo para aceptar algo así.
Porque quizá el tiempo no se lleva a las personas.
Quizá lo que hace es cambiar el estado de las cosas.
Horas antes, mi mamá estaba bailando en el parque.
Desayunando.
Cocinando.
Riéndose.
Enojándose.
Viviendo.
Era un cuerpo vivo.
Una materia que respiraba, que caminaba, que hablaba, que podía tocar.
Y unas horas después estaba allí, en esa habitación, bajo una sábana de colores.
Un dia después. Miré sus manos gorditas. Inmóviles. Ya en otra dimension.
Las mismas manos que alguna vez me dieron la mano para caminar, sostenían, a la fuerza, un crucifijo.
Miré su rostro.
Irreconocible.
Y quizá esa fue la última crueldad del tiempo.
Porque unas horas antes yo sabía perfectamente quién era ella.
Mi mamá.
Y ahora tenía que aprender a reconocerla en otra parte.
En la memoria.
En las fotografías.
En sus cosas.
En la comida que hacía.
En las palabras que decía.
En las manos de mis hijos.
En mí.
Porque eso hace el tiempo.
Primero nos convence de que tenemos todo el tiempo del mundo.
Después nos lo arrebata en cinco minutos.
Y luego continúa.
Como si nada.
Día.
Mañana.
Tarde.
Noche.
Diez días.
Un mes.
Un año.
Y nosotros seguimos contando.
Quizá porque contar sea nuestra manera torpe de intentar comprender.
4:11.
4:16.
4:45.
Veinte minutos.
Tres minutos.
Un minuto.
Diez días.
Y una vida entera.
Todo cabe dentro del tiempo.
Todo ocurre allí.
El nacimiento.
La infancia.
Una mano que nos enseña a caminar.
Un beso en la frente.
Una madre que cocina.
Una hija que llama.
Una ambulancia que llega.
Una puerta que se abre.
Un cuerpo que deja de responder.
Y nosotros, siempre nosotros, intentando llegar a tiempo.
Sin entender que, algunas veces, el tiempo ya había llegado antes que nosotros.

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