viernes, 14 de agosto de 2026

El entrenamiento de hoy


Hoy me siento peor.

Han pasado quince días desde que mi mamá murió y, en lugar de sentir que el dolor disminuye, siento que las sombras se hacen más grandes. En la madrugada no podía dormir. Cerraba los ojos y volvía a verla en el ataúd. Y entonces mi cabeza comenzaba otra vez, como si necesitara encontrar una respuesta que todavía no existe. Pensaba en el tiempo, en la muerte, en las plantas, en los animales, en las personas. En que todos, inevitablemente, terminamos igual.

Y me asusta.

Hoy, en mi clase de bushidō, hablaron del camino de las personas que se cruzan, de la paciencia, del destino, de ese supuesto plan que la vida va trazando y que solo comprendemos cuando miramos hacia atrás. Hablaron de descubrir el para qué.

Y yo estoy aquí, en medio de mi propia oscuridad, preguntándome cómo se supone que debo descubrir algo cuando todavía me duele respirar sin mi mamá.

Quizá estoy intentando entender demasiado pronto.

Quizá no tengo que descubrir ahora por qué ocurrió.

Quizá tampoco tengo que convencerme de que todo sucede por alguna razón.

Hoy no quiero obligarme a encontrar un sentido.

Quiero permitirme decir algo mucho más sencillo y mucho más verdadero.

Todavía no sé qué haré con lo que pasó.

Eso es todo.

Mi mamá murió.

La extraño.

Me duele.

Estoy cansada.

Tengo miedo.

Y aun así estoy aquí.

Quizá este sea también el entrenamiento.

No el de aprender a no sentir.

No el de volverme fuerte hasta que nada consiga romperme.

Sino el de permanecer cuando todo dentro de mí quiere escapar.

Cuando vuelva a aparecer la imagen de mi mamá en el ataúd, intentaré decirme que sí, que eso ocurrió, pero que mi mamá no fue ese momento.

Mi mamá fue mucho más.

Fue sus manos gorditas.

Fue su risa.

Fue su baile.

Fue el refrigerador lleno cuando yo intentaba ser independiente.

Fue el desayuno que me llevaba cuando estaba embarazada.

Fue la mujer que cuidó a la Sisa como una abuelita mamá.

Fue la amiga que conversaba con todo el mundo.

Fue su orgullo cuando hablaba de sus hijos.

Fue la mujer que, aun con sus heridas, aprendió a amar mejor.

Fue mi casa.

Y no quiero que el último momento de su vida termine ocupando toda la memoria de su vida.

Hoy no necesito resolver la muerte.

No necesito comprender el universo.

No necesito descubrir el destino.

No necesito encontrar el para qué.

Esta noche solo necesito atravesar esta noche.

Mañana atravesaré mañana.

Y si mañana tampoco puedo, atravesaré solamente esa hora.

Porque quizá eso también sea el camino.

Una realidad a la vez.

Una respiración a la vez.

Un día a la vez.

No tengo que salir hoy de las sombras.

Hoy basta con encender una pequeña luz.

Y mañana, otra.

domingo, 9 de agosto de 2026

El tiempo

El tiempo. Dimensión física en donde suceden los distintos estados que atraviesa la materia. Eso dice, más o menos, la definición.

Para mí, el 30 de julio, el tiempo fue dolor, incertidumbre y una llamada de mi hija Sisa desde el celular. 

Mami, ven rápido.
Mami, la abuelita se cayó.

Y entonces el tiempo se detuvo unos milisegundos, aunque nadie alrededor pudiera verlo. Para los demás el mundo seguía ocurriendo, pero para mí no. Para mí solo existía esa frase y una necesidad de teletransportarme, de tener un gusano negro, una puerta secreta, cualquier cosa que pudiera llevarme hasta ella en segundos y no en los veinte minutos que finalmente tardé.

El tiempo. Otra vez el tiempo.

4:11.

En ese mismo instante, en ese mismo tiempo, mi mamá, la mujer que me tuvo en su vientre, la que me dio la mano para enseñarme a caminar, la que me regañó y después me besó en la frente, estaba en el suelo.

4:16.

Mi hija volvió a llamarme.

Parecía más grave.

5 minutos.

Solo cinco.

Y uno empieza a comprender que la vida y la muerte quizá no están tan lejos como nos gusta pensar. 

Que entre una y otra puede haber apenas unos milisegundos, una respiración, un latido que ocurre o que deja de ocurrir mientras nosotros seguimos creyendo que el tiempo es algo que se puede medir tranquilamente con un reloj.

El tiempo.

Manejé.

20 minutos.

Cómo quería que ese trayecto fuera menor. Quería que 20 minutos fueran diez, que diez fueran cinco, que cinco fueran uno. Quería hacerle trampa al tiempo, que el tiempo negocie conmigo.

Los minutos eran decisivos.

Cada uno de ellos tenía el peso de una vida.

Quería llegar hasta alguien que amaba. Hasta alguien cuyo amor, pensaba yo, debía trascenderlo todo.

Aunque tres minutos antes mi hermano me había dicho que ella ya no estaba. Que la energía de su cuerpo se había ido.

Tres minutos.

Y aun así seguí manejando.

Porque una cosa es que alguien te diga que la muerte llegó y otra muy distinta es aceptarlo. Quizá porque desde niños nos enseñan a creer que todavía hay tiempo. Que mientras alguien respire, mientras alguien esté allí, mientras podamos tocarlo, siempre queda una posibilidad.

4:31.

La ambulancia había llegado y obstaculizaba el parqueadero.

Bien.

Hay tiempo.

Hay tiempo.

No importa.

Dejé el carro en la calle.

Caminé.

Corrí.

Peleé con el tiempo.

Como si correr pudiera devolverme esos minutos que ya habían pasado. Como si mis piernas pudieran alcanzar al tiempo, sujetarlo de algún lugar y obligarlo a retroceder.

Quería encontrarme con ella.

Quería saber que todavía quedaba esperanza.

Que todavía había tiempo.

Los paramédicos estaban dentro del cuarto.

Pasó un minuto.

Solo uno.

Sisa dijo que no sabía qué estaba pasando.

No sabía.

Y entonces mi hermano bajó.

Bajó como baja alguien cuando el tiempo acaba de derrotarlo.

Mami se fue en mis manos hace veinte minutos.

No pude hacer nada.

Ya no pudimos.

El tiempo.

Veinte minutos.

Salí de mi trabajo esa tarde. Quise quedarme. Tenía esa sensación extraña de que no pasaba nada, de que todo podía continuar como cualquier otro día. Pero todo estaba pasando sin mí.

Todo.

Abrieron la puerta de la habitación.

La habitación de mi mamá, esa que siempre permanecía abierta.

Y allí estaba.

Cubierta con una sábana de colores.

Toda ella.

Su cuerpo.

Su rostro.

Y qué doloroso descubrir que el tiempo también podía ser eso.

Una definición que alguna vez leí sin detenerme demasiado. Y volvió a resonar esa definición, la dimensión física en la que suceden los distintos estados que atraviesa la materia.

El tiempo transcurre.

No se detiene.

Día.

Mañana.

Tarde.

Noche.

Y vuelve.

Y vuelve.

Y vuelve.

Han pasado diez días desde aquel día.

Diez días.

Y pasarán meses.

Y pasarán años.

Y yo seguiré aquí, viviendo dentro de ese tiempo que no se detuvo cuando yo quería que se detuviera.

Y también me iré algún día, aunque todavía no entiendo qué necesitamos entender del tiempo para aceptar algo así.

Porque quizá el tiempo no se lleva a las personas.

Quizá lo que hace es cambiar el estado de las cosas.

Horas antes, mi mamá estaba bailando en el parque.

Desayunando.

Cocinando.

Riéndose.

Enojándose.

Viviendo.

Era un cuerpo vivo.

Una materia que respiraba, que caminaba, que hablaba, que podía tocar.

Y unas horas después estaba allí, en esa habitación, bajo una sábana de colores.

Un dia después. Miré sus manos gorditas. Inmóviles. Ya en otra dimension. 

Las mismas manos que alguna vez me dieron la mano para caminar, sostenían, a la fuerza, un crucifijo.

Miré su rostro.

Irreconocible.

Y quizá esa fue la última crueldad del tiempo.

Porque unas horas antes yo sabía perfectamente quién era ella.

Mi mamá.

Y ahora tenía que aprender a reconocerla en otra parte.

En la memoria.

En las fotografías.

En sus cosas.

En la comida que hacía.

En las palabras que decía.

En las manos de mis hermanos y mi hija.

En mí.

Porque eso hace el tiempo.

Primero nos convence de que tenemos todo el tiempo del mundo.

Después nos lo arrebata en cinco minutos.

Y luego continúa.

Como si nada.

Día.

Mañana.

Tarde.

Noche.

Diez días.

Un mes.

Un año.

Y nosotros seguimos contando.

Quizá porque contar sea nuestra manera torpe de intentar comprender.

4:11.

4:16.

4:45.

Veinte minutos.

Tres minutos.

Un minuto.

Diez días.

Y una vida entera.

Todo cabe dentro del tiempo.

Todo ocurre allí.

El nacimiento.

La infancia.

Una mano que nos enseña a caminar.

Un beso en la frente.

Una madre que cocina.

Una hija que llama.

Una ambulancia que llega.

Una puerta que se abre.

Un cuerpo que deja de responder.

Y nosotros, siempre nosotros, intentando llegar a tiempo.

Sin entender que, algunas veces, el tiempo ya había llegado antes que nosotros.

viernes, 3 de octubre de 2025

20 días sin libertad



 La libertad es un concepto del que nadie se ocupa hasta que se la pierde. Un par de minutos es suficiente para comprenderlo.

 Una infracción de tránsito basta para que te la quiten y el desconcierto llega de inmediato. Nadie cree que sea posible, que se trate de un exceso, pero no hay vuelta atrás y la advertencia, tan repetida como ignorada, se impone no vale una sola cerveza cuando se conduce. 

El proceso es rápido, casi automático. En la madrugada suben a once personas al bus que llaman “de la alegría”. Un apodo algo  cínico, hasta cierto punto consolador, los lleva a una celda sin cobijas, allí, el frío y la incertidumbre son la primera bienvenida. 

Horas después, ya de mañana, los trasladan al juzgado. La sala es pequeña, blanca, con un silencio que multiplica la ansiedad, solo Pablo Padilla, uno de ellos, intenta generar broma para que la espera de seis a ocho horas no sea tan angustiante. 

La jueza no entra en ese espacio. Uno por uno pasa a otro cuarto para ser escuchados, juzgados y sancionados.  Escucha poco. No hay excusas, sólo sanciones, la lógica es simple, un accidente puede evitarse. A algunos les corresponden tres días, la negativa a realizarse la prueba de alcoholemia se convierte en argumento suficiente para imponer la pena máxima que son veinte días. 

De regreso al centro, el encierro se organiza bajo un sistema propio, cinco celdas, catorce personas en cada una. 

Una figura sobresale es el capo, quien más tiempo acumula y, por lo tanto, se convierte en líder, su deber es mantener el orden. 

A los recién llegados les toca trapear y limpiar la celda. Cada día ingresan nuevos detenidos de los operativos nocturnos, los que ayer limpiaron, hoy ya son parte del grupo, los que llegan empiezan desde cero. 

Las comidas son pobres y monótonas desayuno, almuerzo, merienda, entre ellos se hace perenne la leyenda que contiene azufre, lo que si tiene con seguridad es mucho arroz, poca proteína, casi nada de vegetales, así comer es solo rutina. 

Las familias llegan miércoles y domingos con bolsas de snack, dulces, pan y bocadillos. Alrededor del patio hay abrazos, risas, conversaciones. 

Luego, las golosinas y demás alimentos se colocan en una alacena común en cada celda. Esta acción por unas horas, genera un sentido de comunidad, un intercambio  entre quienes comparten el encierro. 

Entre las conversaciones aparecen las preocupaciones, qué pasará con la familia, cómo pagar las multas, si se mantendrá el trabajo. 

Cada noche, a las 20:30, la rutina se concentra en los teléfonos públicos, los detenidos tienen monedas de 25 centavos en la mano. Cada moneda, que debe ser extranjera, dura apenas un minuto, insuficiente para apenas escuchar la voz de la esposa, de un hijo, de un amigo, de padres, para oír un “te extraño” o un “te espero”. El sonido metálico de las monedas entrando marca la esperanza más grande del día que es sostener, aunque sea por segundos, el calor del hogar a la distancia. 

Las historias circulan. Luis Carrión, músico, convierte los días en melodías que acompañan a todos con su quena. Pedro Cabrera, apodado Reinsidente Calle 13, un poco aspero, pero de corazón ligero, se vuelve amigo. Alulema, un indígena, que cumple su condena, debe regresar a su comunidad, donde lo espera la justicia indígena. En tanto que, padre e hijo comparten el encierro, el joven por beber, el padre por salvarlo. Ellos piensan constantemente en la esposa y la madre, con una vergüenza compartida. 

Nadie lo dice, pero todos lo piensan, cada día dentro es un día menos y, sin embargo, también un día más por vivir.

Después del desayuno, el aire del patio se llena de la expectativa del voleibol, los especialistas se preparan, estiran el tiempo, como si el juego fuera una forma de olvidar dónde están.

Cuando aparece el Gran Calín, Alex Padilla con su bibidi y pantaloneta, seguro será un gran partido. En la otra esquina está Flores, el voleibolista más talentoso del centro, que sueña con ganar dólares por su habilidad. Flores tiene un don, pesca el talento de los nuevos apenas los ve moverse. 

Don Reyes, exfutbolista, vive esperando el fin de semana. El sábado por el campeonato, el domingo por las visitas. Su familia llega desde La Troncal y Ambato y ese reencuentro justifica toda la semana. 

A las seis de la mañana ya está trotando silencioso, respetado, constante. Siempre es el primero en salir al patio. Corre junto a Lenin Riera, apodado Tortuga o Alvin quien saluda a todos los que encuentra, el que incentiva a armar rompecabezas. Hablar con él es como leer un libro que no se acaba, siempre tiene algo que enseñar, algo que preguntar, algo que escuchar. 

A las 7:00, el ambiente cambia, es la hora en que los antiguos se encuentren con los nuevos. Los gritos resuenan en el patio, ¡ya vienen los nuevos!, es una mezcla de burla, y bienvenida, en el fondo todos se identifican con ellos, llegan confundidos y con miedo. 

Cuando se escucha un grito desde el patio ¡Oye suave con ese cepillo!, significa que Don Parra se ha despertado, el más antiguo del centro, el papá de los pollitos.

Todos ya sean viejos y nuevos, lo buscan, porque Don Parra entiende lo que nadie más y es cómo sobrevivir al encierro sin perder la cabeza. Su sentencia es de noventa días y ha aprendido que quien no se hace sociable, se derrumba.

Él inicia los chistes de la mañana y los remata al final del día. Cuando llueve, camina por los pasillos gritando ¡Paraguas, paraguas!, vende algo invisible, como si la rutina tuviera que mantenerse viva para no enloquecer. 

Su sombra inseparable es Don Troya, amigo leal y compañero de historias. Compartieron trabajo, desilusiones y promesas de hermandad. Troya salió antes, pero la amistad quedó amarrada como los nombres grabados en las tablas de las camas. 

Don Parra ha visto llegar y partir a muchos, espera su turno con calma, en ocasiones lo ves sentado, observando cómo el sol ingresa por el patio del centro, sabe que ese rayo, por mínimo que sea, es una forma de libertad. 

Pablito Padilla, el alma de la celda tres, es el humorista del encierro. Si él faltara, todo se llenaría de silencio. Tiene esa capacidad de levantar la cabeza de quien la tiene abajo, de arrancar una risa incluso cuando no hay razones.

Y cuando uno de los detenidos comienza a recoger piedras, todos saben lo que significa, alguien importante se va ese día. Es un ritual. Una funda de piedras es colocada secretamente en la mochila de los amigos que se van.

Así, las piedras se guardan como recordatorio de que el tiempo se detuvo por un momento y que, afuera, todavía hay algo esperándote, también sirven para no olvidar la promesa de nunca volver. 

El fin de semana es lo más esperado, no por el descanso sino por el movimiento. El sábado hay campeonato. El domingo, visitas y el lunes, final de 40, un juego que transforma el salón de cine en un pequeño coliseo. 

Los jugadores como Don Cangrejo y Don Tanquero se concentran con una gran solemnidad; cada jugada es seguida con respeto. En cambio, durante la semana, los mismos personajes son cómo músicos del Titanic, pues sea desayuno o almuerzo, en lluvia o sol, continúan su juego en cualquier rincón del patio. 

El mejor día es cuando está de turno Don Barbas, agente del EMOV, no es déspota, su trato es digno y amistoso. Cuando él está, el ambiente se siente más humano.

Aquí nadie tiene cordones, todos usan fundas de plástico en los zapatos, o zapatillas. Esa igualdad forzada borra las diferencias pueden ser médico, taxista, músico, tanquero, comunicador todos son un detenido más. 

Y entre todo eso, el sonido del vallenato, ese lamento alegre que se cuela en el patio, recordando los amores que quedaron afuera, los trabajos perdidos, los padres que aún están enojados, el encierro es tristeza, pero la amistad es lo único bonito, es el eco del mundo que sigue girando afuera. 

El resto es tiempo, son horas densas, largas, que apenas se distinguen entre sí. Todos han contado cuantas ondulaciones tiene el techo de sus celdas, 128.

Vivir en convivencia aquí es aprender a tolerar ronquidos, compartir un rollo de papel higiénico, reírse de lo inevitable y todos coinciden en una sola cosa lo mejor del centro son las bañeras, porque el agua sale caliente, el chorro es grande y son seguras y privadas. Por un instante, en ese golpe de agua, en soledad, se siente libertad. 

Cuando uno de ellos se va, cuando por fin le llega la libertad, hay vigilia, silencio y emoción contenida. No importan la hora, nadie se marcha solo, siempre hay un abrazo, una mirada que dice más que las palabras.  La puerta negra se abre y un agente  grita el apellido, el tiempo vuelve a moverse, la vida, que había estado en pausa, continúa. 

Afuera hay familia y amigos con los brazos abiertos, esperan, confían y exigen que esta vez no los decepciones, pero también hay nuevos amigos que sin duda serán las visitas del próximo domingo. 



jueves, 3 de marzo de 2016

Sala de neonato: horas sagradas


Desde hace cuatro días, las 9:00, 12:00, 15:00 y 18:00 son mis horas de esperanza y vida.  Un guardia abre una gran puerta negra y parece que el tiempo se detiene y nada más tiene sentido.

El pasado 26 de febrero, mi pequeña bebé, nació a las 34 semanas de gestación. Pasaron, por mi condición de salud, tres interminables días sin verla y sólo me consolaba con una foto, tomada clandestinamente por mi esposo.

Pero ahora esas son mis horas sagradas. espero ansiosa para cargarle, decirle que le amo y darle de comer. He aprendido a ser madre en esos pasillos, que están llenos de historias solidarias de madres adoloridas por los pocos días de haber dado a luz.

Los días de cama, recomendados para una madre, luego del parto, las aguas, limpias y baños, no tienen nada que ver con la realidad de la sala de neonato. El reposo y la casa han sido reemplazadas por las sillas del hospital, a la espera que las horas pasen para que nuevamente se abra esa puerta negra.

Nos alegramos cuando a uno de esos bebés triunfadores y valientes le dan de alta y las madres llegan con las mejores ropas para llevarlas a sus casas.

Y es que el optimismo debe ser lo último que se pierde, es la frase favorita de muchas de nosotras.

En el banco de leche materna, nos contamos los progresos de nuestros hijos y nos sentidos orgullosas de ellos. "Ya puede respirar sola" "Ya está superando la neumonía" "Hoy empezó la fototerapia y espero que ya le den de alta".

Nadie comenta de lo adolorida por la cesaría o que pasó y porqué se adelantó el parto. Eso no importa, pero sólo ver como caminan sabemos que estamos cansadas, con piernas inflamadas, o como en mi caso con una presión alta.

Estoy aprendiendo a ser mamá en ese entorno, creo que falta poco para estar completamente con mi niña y dios sabe cuando lo deseo.

Por ahora respiro y disfruto de sus sueño, pereza y sus pequeñas reacciones en su rostro de alegría, aunque las enfermeras dicen que sólo es una reacción en los músculos de su rostro, yo prefiero creer que ella ya me reconoce y se siente feliz de estar junto a mi. Ya falta poco para que pequeñita Sisa  Romina llegue a casa.





viernes, 8 de mayo de 2015

Un día de la madre sin ser madre

Esa pregunta siempre tiene las mismas respuestas: estamos acoplándonos, recién nos casamos, este año tiene que ser...pero pasa el tiempo y nada.

Así, las preguntas más ingenuas son lacerantes, demasiado dolorosas. Es que las mujeres que ya pasan de los 30 años, el no tener hijos es extraño, y vienen las explicaciones igualmente desagradables.

Una semana antes de cada segundo domingo de mayo, lo único que se quiere es esconderse, dejar de ver y escuchar promociones maternales, para la compra de cualquier producto de turno, que incluyen imágenes de niños con ojos tiernos, pidiendo abrigo de sus madres.

Pero el peor día es ese domingo  donde los sobrinos con sus tarjetitas de colores le dan a sus madres y preguntan con esa inquietud tan simple: y no puedes tener hijos?, entonces lo único que haces es retirarte silenciosamente para no generar esos ojos de lástima.

Para muchas mujeres, la decisión de no tener hijos no es propia y ves como pasan los años, observas el crecimiento de los hijos de tus amigos, familia y sigues así aguantando ese sentimiento maternal, que está ahí latente y que a veces explota.

Abrazas a tu pareja, pero miras que cada vez que ve a un niño de le derrite el rostro. Un buen día te dice que quiere separarse porque ya es padre y te deja un perro, 15 días antes de contarte.

Pero no importa el perro se vuelve tu hijo, claro incomprensible para mucha gente. "No hay nada como un hijo" "no puedes comparar su amor" pero a la final te resignas igual ya conoces el amor maternal a través de un perro al que ya no llamas perro sino tiene un lindo nombre y una buena historia en tu vida.

A dos días del Día de la madre, para muchas mujeres son días tristes y complicados, nadie, a excepción de nosotras lo podríamos sentir. Nadie nos dirá feliz día mamá.

jueves, 3 de julio de 2014

Recuerdos

Parecía imposible, pero el tiempo hace que el dolor se vaya acomodando a nuestro cuerpo y se incorpore a nuestra alma para darnos de una u otra forma, consuelo. 

El luto, el luto hermana mía, no se va cuando se deja de usar el ropa negra, después de varios meses de usarlo, me di cuenta que no servía màs que para alertar a los demás, que alguien cercano a ti se murió, que estas sensible y das pena, pero el luto está ahí presente, está en un rincón esperando sólo que te sientas vulnerable y estalles. Por ahora, te cuento que por mi parte está controlado. 

Ha pasado ya un año ocho meses, y tu recuerdo está intacto. Hoy me di cuenta que cada uno de nosotros somos gente extraordinaria para esas personas que amamos. Y si no tenemos tiempo suficiente para ser algo fantástico  para el mundo, no importa lo hicimos para los que nos rodean, y por eso  seremos recordados y amados por siempre. 

Cuando moriste, mi corazón se convirtió en una piedra, no había nada más doloroso que tu partida y nada superaba ese sentimiento de pena. Ahora siento que estoy, no creo que bien sería la palabra, pero volví a ser la sentimental de siempre, y si bien  no es tan bonito, como tu lo haces bien, estoy feliz de volver a ser la misma. 

Luego de tu partida nos sigues enseñando. Nuestra familia se encarga de que las flores de tu tumba, nunca se marchiten, he sido testigo de las tertulias de nuestros padres, la Vero, el Luis David, el Henry y el Sebas, tu hijo, que hacen junto a tu lápida, cambiando el agua de tus flores y limpiando los osos con tu nombre, que te trajeron para que te acompañen en tu lecho. 

Nos hemos convertido en una mejor familia y te agradezco por eso. Nos dejaste esa labor extraordinaria. Te amo ñañita de mi alma. Gracias por ser la mejor hermana del mundo...


lunes, 16 de septiembre de 2013

Para mi hermanita

Te recuerdo muy bien con esos enormes ojos negros tan picarones que enloquecían a cualquiera. Tú mi hermanita mayor con un año y nueve meses, la traviesa de casa y la que le sacaba canas verdes a mamá y papá. 

 Recuerdo nuestras salidas a comprar leche y nuestros repentinos dolores de cabeza, para salir a la tienda, a literalmente coquetearnos con los vecinos. Tú eras mi maestra, yo una niña chiquita, sin gracia, tú la más extrovertida y hermosa.

 Tus hazañas llegaron a la cúspide y a la poca paciencia de nuestros padres, cuando se te ocurrió la grandiosa idea de escaparte con tu novio, justo cuando habías hecho una torta y todas tus amigas te esperaban impacientemente en el colegio; cuando no llegaron ni la torta ni tú, hicieron un escándalo y claro nuestra madrecita, que era tan preocupada y de poco genio, llamó a toda la patrulla de tíos, hasta que te encontramos feliz en el parque Miraflores, abrazada a tu Romeo.

 Desde ese día, nos castigaron de por vida, exageración de mamá, que duró pocas semanas por cierto. 

 Pero tus golpes de hermana enfurecida también me llegaron, ni creas que lo olvido. De abusar de mi buen genio y obligarme a hacer tus labores domésticas, a cambio de silencio de nuestros grandes secretos y en este momento me parecen tan tiernos e infantiles. 

 Las equivocaciones de un cuaderno llamado chismógrafo, parecido sin duda al facebook, de esta época, donde terminé siendo novia, el primero por cierto, de alguien que estaba enamorado de vos, que gracioso no. 

 Tus épocas felices, de sonrisas absolutas de esa sonrisa, que no se borró ni cuando estuviste en tu ataúd. Me hacías reír a carcajadas con tus ocurrencias y en vacaciones lo máximo era servirnos tus suculentos desayunos que parecían meriendas, que llevábamos a la cama con sarten y todo.

 La felicidad más hermosa, fue cuando me dijiste con una voz un poco nerviosa que estabas embarazada, me dio tanto gusto, mi segundo sobrinito, claro que todo era medio complicado, pero tu sabías llevar bien la situación, fue nuestras alegría y uno de los secretos más bien guardados que tuvimos. 

 Soy feliz porque compartí contigo los momentos más lindos de mi vida de niñez, adolescencia y juventud. Tu fuiste el mejor regalo que me dieron mis padres y por eso, me cuesta desprender mi espíritu del tuyo.

 Hace 10 meses, una llamada con voz de sollozo, de nuestra madre me informó tu triste partida. Me encerré en el baño de mi trabajo y empecé a llorar como una niña, y lo más grave es ñañita que no he parado de hacerlo, siempre cuando tengo estos momentos de soledad, te escribo, te lloro. 

Según un libro, hermanita de mi alma, es que aun no termino de pasar mi etapa de dolor y debo dejar que pase. No es fácil desprenderse de un rato para el otro, de mi hermanita de mi alma, no deseo a nadie que pase por esto, es muy duro y triste. Voy a pensar en ti y en tu sonrisa y voy a intentar reponerme, es mi compromiso.