sábado, 25 de abril de 2009

En Alausí empieza un recorrido al pasado


El tiempo se detuvo en la estación del tren en Alausí. La edificación de piedra, un letrero blanco con la inscripción “Alausí: altitud 2347,0 m. a Quito a Durán”, y un autoferro estacionado hacen volver a los turistas a los primeros años de este medio de transporte. Es miércoles a las 04:30 y el silencio de la madrugada y la neblina de color gris dan la imagen de un verdadero museo.


En la oficina de telegramas, la ventana se convierte en el límite del pasado con el presente. Afuera sigue el movimiento nocturno de una ciudad despierta, modernizada, actual, dedicada en parte al turismo: cafeterías, internet, restaurantes.


Adentro una máquina de escribir Adler, un telégrafo ya oxidado que enviaba códigos de señales, a base de punto y rayas, a otras estaciones que aún funciona pero que no se le da uso, y un teléfono a manivela, son las huellas de la época dorada del ferrocarril.


Allí parece que todo se detuvo: los gorros negros, símbolo de los trabajadores ferroviarios, están en una bodega de unos 50 centímetros de ancho por un metro de largo, y una antigua banca de madera a punto de desplomarse por el peso de los turistas, completan el panorama de la estación que se construyó a finales del siglo XX.


Preparación
Sergio Luna, de 46 años, madruga tres veces a la semana. A las 5:30 es el primero de una fila inexistente, ubicada cerca de un autoferro privado. Sus ojos rasgados y su piel morena reflejan su ascendencia costeña e indígena: uno de su abuelo fue de Guayaquil y su abuela de Alausí. El uso del ferrocarril acortó las largas distancias, la Costa y la Sierra se unieron y también lo hicieron los costeños con los serranos.


Su mezcla familiar es una de las muchas de las cosas que Luna le debe al ferrocarril. Ama el tren, lo que es fácil de explicar, ha sido el sustento de su familia, porque por más de 20 años se desempeñó como maquinista y es una de las personas que viven junto a la línea férrea. Ahora se gana la vida comprando los pasajes para los turistas, todos extranjeros, los nacionales, asegura, no tienen dinero para invertir en estas cosas. Está vez comprará más de 30.


El jefe de la estación, Kléber Altamirano, es el más esperado. Él debe vender los boletos.


La vieja silla de madera resiste ahora el peso de cuatro turistas alemanes, quienes ansían recorrer el que, según las guías de turismo que entregan a los visitantes, es el camino del tren más peligroso y sinuoso del mundo: La Nariz del Diablo.


Lucy Hartwell (34) una de las turistas, lee la historia en un pequeño manual sobre la “loca” idea de Eloy Alfaro, cuando asumió el poder en 1895, de finalizar la construcción de ferrocarril y llevarlo hasta las alturas de los Andes.


Sus enemigos políticos, menciona el manual, dijeron que era una patraña para asaltar los fondos del Estado, pero su ingenio pudo más.


Ahora, el Gobierno intenta rehabilitarlo. En octubre de 2007, el presidente Rafael Correa se comprometió a restaurar todo el sistema ferroviario. Los trabajos se incluyeron en una declaratoria de emergencias.


La lectura de Hartwell se interrumpe. Altamirano aparece y retumba, en las paredes de la estación, el delicado sonido del pito que se produce al tocar el cordel de autoferro, listo para comenzar el primero de los tres recorridos que realizará ese día. Allí está sentado Sergio, en primera fila, quien dice que valió la pena madrugar. Esperará a sus viajeros que partirán en el segundo viaje en su restaurante, ubicado a dos cuadras de la estación.

El viaje

La estación cobra vida. 50 turistas, entre europeos y estadounidenses, hacen fila para subir al techo del tren. No importa la incomodidad de sentarse junto a unos duros tubos de acero con tal de observar, con más detalles, el recorrido que tiene 15 kilómetros.


Desde hace un año, se autorizó a los turistas ir en el techo. Y es que un accidente acabó con la vida de uno de ellos, cuando se golpeó con un alambre atravesado en la vía. Por eso, se colocó un tubo largo para que puedan agarrarse y como recomendación se les pide que no se pongan de pie cuando está en movimiento.


Los maquinistas Hugo Isa y Gonzalo Guillén se colocan sus gorros negros y empieza el viaje de una hora y media.


El autoferro y los pocos vehículos que circulan en Alausí a las 08:00 comparten armónicamente la línea férrea, que conservan las despostilladas maderas, colocadas allí desde hace más de 70 años. Son los durmientes que todavía resisten el peso de unas siete toneladas del autoferro, pero ya no del gran ferrocarril que ahora “duerme” en los talleres de Riobamba.


Los turistas parecen invitados especiales. Por las ventanas o por las puertas de las casas, los moradores se despiden de ellos. Es parte de ese “sagrado ritual”, que ya tiene cerca de un siglo. El próximo 25 de junio, los ferroviarios celebrarán 101 años de la llegada del tren en la estación de Chimbacalle en Quito.


Hugo no se muestra muy atlético, pero las apariencias engañan. Como la máquina no puede virar, durante el trayecto él tiene que bajar del autoferro en movimiento para cambiar manualmente la dirección de las rieles.


Además, sube al techo en pleno movimiento para recibir los pasajes y dar una explicación técnica del estrecho camino de 1,80 metros de ancho y que tiene más de 20 curvas en zigzag.


CAMINO
La ruta: un ingenio de construcción de Jhon Hartman, un estadounidense contratado por Alfaro, no tiene un paisaje espectacular, es más bien seco, está lleno de quebradas, riscos y la línea férrea pasa cerca de los ríos: Alausí y Chanchan. Pero esto, a los turistas no les interesa, para ellos es espectacular. Sacan sus cámaras y no hay un solo momento, durante el trayecto, que no estén listos para obtener fotos.


Cerca del lugar de la montaña llamada Nariz del Diablo, dos columnas de mármol blanco en ruinas atestiguan que alguna vez hubo movimiento en Simbambe, una estación que murió cuando la vía férrea a Cuenca se dejó de usar. Allí se bajan unos cinco trabajadores quienes tienen la misión de reconstruir la historia. Ellos desde el pasado 7 de mayo de 2008, iniciaron la restauración de este espacio, que tiene una inversión de 85.600 dólares.


El autoferro se detiene e Isa vuelve a cumplir sus funciones: cambia de dirección para que José Luis Ruilova, el conductor baja en retro y vuelva a subir por el abrupto zigzag al filo de la montaña que, por la forma y la satanización de la obra, le llamaron Nariz del Diablo.


Los turistas están satisfechos listos para regresar otra vez a Alausí, en donde se reencontrarán con el presente.

martes, 21 de abril de 2009

QUÉ PASARÍA


Qué pasaría si mañana no despierto…
si decido que mi tiempo debe detenerse.
Qué pasaría si mi energía volviera al universo.
Al principio…donde todo nace y todo muere.
Qué pasaría, si la oscura noche
se apoderara de mi cuerpo y se apagara
mi clara luz, mi esencia.
Qué pasaría, si mis ojos se cerraran
para siempre y mi mente, mi conciencia
olvidara mis 29 años de existencia:
de lo recorrido de lo vivido. ¡Qué pasaría!

Qué pasaría con tus manos
al soltarse con las mías
¿Te caerías?, ¿Te importaría?
Estoy en un cuarto que recrea
mi rincón de hace cuatro años, autoexiliada.
preguntándome ¿Qué pasaría?
Estoy con un nudo que trastorna mis sentidos,
preguntándome, ¿Qué pasaría? ¿Me extrañarías?
¿Seguirías tu vida igual, así de sencilla?
La tristeza inunda mi mente,
las lágrimas corren finas por mi rostro
y me pregunto ¿Qué pasaría con los míos
al explicarles que ya no quiero vivir la vida?
¿Lo comprenderían?

domingo, 5 de abril de 2009

El auto ferro volverá a recorrer El Tambo


Tres personas caminan en el lugar. Inspeccionan minuciosamente a ocho trabajadores; cuatro de ellos, empujan un vehículo de madera por la línea férrea recién reconstruida. Los cuatro restantes caminan tras sus compañeros, llevan palas que les servirá para cargar tierra en este pequeño transporte.

Una de esas personas, Luis Antonio Zhilbi, de 54 años, tiene una zapatería cerca del inicio de la línea férrea del cantón El Tambo (Cañar) donde 110 trabajadores laboran desde el pasado 16 de marzo, de lunes a domingo, para tener listo el tramo El Tambo-Coyoctor el 18 de abril.

Camina detenidamente por unos 50 durmientes, que son grandes trozos de madera, que ya están colocados en la rieles, pero que aún no están cubiertos con ripio. Se detiene y vuelve a caminar despacio.

Tenía 10 años cuando podía disfrutar del paso del ferrocarril. Luego se convirtió en el zapatero de los ferroviarios. Era una época donde la producción y comercialización agrícola dependía de este medio de transporte.

La línea férrea está ubicada a 800 metros del parque central de El Tambo y es paso obligatorio para ir a Ingapirca. El tramo reconstruido de 3.3 kilómetros, donde “descansan” 5.200 durmientes, está rodeado de casas y pequeños parcelas de maíz, por eso, los trabajadores son observados por moradores que vienen y van.

La emoción es generalizada. Cerca del inicio del tramo, está detenido un pequeño autoferro, que desde hace 12 días que llegó, en comodato, a la estación recién recuperada por la Municipalidad del cantón, se convirtió en la atracción de todos los moradores, que esperan ansiosos su partida.

Y es que todo parece una reconstrucción del pasado. La misma Municipalidad realizó la restauración del antiguo hotel Nissa, donde ahora funciona un museo con piezas arqueológicas halladas en el complejo Baños del Inca, donde llegará el autoferro.

Eddy Yánez, uno de los moradores, no se cansa de venir con sus dos hijos a mirar cómo el pasado vuelve; hace apenas tres semanas se veía poco adelanto, pero ahora se habla de un 65 por ciento de avance de obra. Esto es confirmado por Marco Redrovan, el ingeniero encargado de los trabajos emprendidos por la Empresa de Ferrocarriles del Ecuador.

Los niños cambian las direcciones de las rieles del tren y la vuelven a colocarlas en su lugar. Todos coinciden en la esperanza, de que este proyecto de un millón 500 mil dólares, mejorará el turismo en la zona y podrá en funcionamiento negocios como cafeterías. Pero aún todo está en ideas.

jueves, 26 de marzo de 2009

En el oficio vale la pena reflexionar o recordar...

Las tareas propias de un reportero le dejan muy poco tiempo para reflexionar sobre su propio oficio.
Un periodista en un medio pequeño tiene que llenar una página completa de 11.000 caracteres y apenas tiene unas cuatro horas para obtener la suficiente información, que por cierto debe ser interesante e importante para sus lectores.
El día empieza temprano y termina muy tarde con la misma interrogante de todos los días: la agenda de mañana, lo importante para la gente, lo que les podrá servir para hacer sus vidas más fáciles.
A las 08:00 cuando revisa el periódico, se da cuenta de la calidad de su producto y que hoy tiene una página en blanco para hacerlo mejor.
"La pausa en el vértigo", algo que escuché varias veces de varias personas me ha servido para reflexionar sobre mi propia manera de hacer mi oficio, al que le tengo un fuerte y serio apasionamiento.
Salir del diario donde trabaje por algún tiempo, me ha dado la oportunidad de darme esa pausa. Claro que no he dejado de trabajar en mi oficio, lo hago en un periodico electrónico que amo como si fuera mio, aunque no lo és.
Hace algunos meses llegó a mis manos tres libros de Kapuscinski, uno de los periodistas referentes de este oficio colectivo, como él llama al periodismo, pero solo hace cuatro días, abrí uno de un ellos "El mundo de hoy", una recopilación interesante de su anotaciones, su vida, la forma como hizo su oficio, los esfuerzos, como llegaba a la gente, en fin.
Si bien, muchas de las reflexiones las he oído de personas cercanas, de otros periodistas, de gente como uno de mis editores, que aunque era un egocentrísta innato, conocía del oficio, es importante recordarlo constantemente, para que se vuelva una forma de vida.
He subrayado, he vuelto a escribir algunas frases y me obsesionado con el libro, todavia no lo termino, lo estoy dirigiendo de a poco, para reflexionarlo y sacar mis propias conclusiones.
Kapuscinski reitera el vínculo estrecho que tienen los periodistas como la gente. "El reportero es esclavo de la gente, no puede hacer más que la gente lo permita...el periodismo se cuenta entre las profesiones más gregarias que existen, porque sin los otros no podemos hacer nada. Sin la ayuda la participación, la opinión y el pensamiento de los otros no existimos.
"El reportero de verdad no se aloja en el Hilton, sino que duerme ahí, donde lo hacen los héroes de sus relatos, come y bebe lo mismo que ellos. Solo así podrá escribir un texto honesto.
También habla sobre las fuentes de información como las utilizamos y como las seleccionamos y aunque las reflexiones de Kapuscinski no son nada nuevas vale la pena mencionarlas. "La única medida que se puede, si disponemos de tiempo, consiste en juntar el mayor número de opiniones, para poderlas equilibrar y hacer una selección.
La última reflexión...

"Si entre muchas verdades, tú eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad y tú en un fanático".

lunes, 28 de julio de 2008

Los betuneros aprenden con el deporte


La pintura negra parece estar impregnada en su piel. Por más que se laven, las palmas de sus manos siguen con ese color negruzco, casi gris, que se vuelve la marca, que sin duda delata su oficio.
Su rostro y su ropa también tienen esa característica: están manchada por el trabajo de limpiar, sacar el lodo o el polvo de los zapatos ajenos, y dejarlos, en cuestión de segundos, brillantes, como nuevos.
Allí están, sentados en un espacio del parque Calderón. Planean la estrategia para participar en la inauguración de la actividad recreacional, que para ellos, es la más importante de la fecha. Vienen de a poco, con su caja, que contiene sus herramientas (cepillo, unos trapos y tinta) y una mochila, se sientan y conversan.
Están emocionados. La discusión se centra en el nombre que adoptarán para participar en un mini campeonato de fútbol, donde medirán fuerzas con sus amigos, quienes habitualmente se suben a los buses a vender caramelos, galletas o lustran zapatos en la Nueve de Octubre, la Terminal Terrestre y el mercado de El Arenal.
Ya están más de cuatro, y Carlos Paida, de 13 años, dirige el grupo. Se llamarán la Liga de Betuneros. No hay acuerdo sobre la vestimenta que usarán, por eso, la decisión es que cada uno venga como pueda. El compromiso está en que lleguen a la cita.
El mini campeonato convocado por la Fundación Salesiana Paces, que trabaja con niños y adolescentes en alto riesgo, se convirtió en una de las propuestas recreativas para ellos en vacaciones.
Según Edgar Gordillo, director de ese organismo, la idea es que los chicos, dejen, por un momento sus puestos de trabajo y disfruten de la temporada como cualquier otro niño.
Son las 14:30, del pasado miércoles, y los integrantes de la Liga de Betuneros aún no han llegado. En un área verde, junto a la cancha enmallada del Tecniclub dentro de las instalaciones de la Universidad Politécnica Salesiana, hay una masiva concentración de equipos para iniciar el encuentro de fútbol.
Ya están en cancha una parte de los miembros de los “38 que no juega”, que trabajan en el Centro Histórico y los “Asimismo” de la Nueve de Octubre. Hay un cierto ambiente de cordialidad, se hacen bromas entre ellos y disfrutan de la compañía mutua.
Cada uno tiene su propia historia y en rostros, incluso de los más pequeños, hay un aire de madurez. Gran parte de sus cortas vidas lo han dedica al trabajo, que les ha permitido tener ingreso propio y ayudar a sus padres a mantenerse.
La mayoría complementa el oficio de betuneros, vendedor de caramelos y de galletas con el estudio. Carlos, el líder de la Liga, por ejemplo, trabaja desde hace dos como betunero, cuando le avisaron que podía ganar algo de dinero. Él no dejó la escuela. En la mañana sale como cualquier trabajador, cargando su caja en su mochila y en las tarde va a estudiar. Quiere ir al colegio, aunque no sabe a cual irá.
Carlos, ahora es el único de su equipo y Cristian Matute, el educador de la Fundación, intenta distribuir camisetas y chalecos.
Ya llegan más integrantes de la Liga; Juan Salau, de 9 años, llega con su caja guardada en una pequeña mochila, que también está manchada de tinta negra. Jonathan Entzana, del equipo del Centro Histórico, trajo su caja de cartón con galletas, que comercializa subiéndose a los buses.
Parece que todo está previsto y gira en un proceso educativo. Luego de anotar los nombres de los jugadores, el educador hace un pequeño concurso para determinar quienes llevaran chalecos o camisetas y los equipos que jugarán primero. En total son tres, porque los de la Terminal aún no han llegado.
La liga, ahora con chalecos negros, tendrá que esperar para jugar y todos sacan 10 centavos para la inscripción.
El juego está algo retrasado y Eduardo Gallo, que hace unos minutos con un títere de mano con forma de león interactuaba con los más pequeños y les recomendaba lavarse mejor las manos, ahora está en medio de la cancha a punto de pitar el primer partido.
“Nada de juego sucio, nada de malas palabras dentro de la cancha, no quiero verlos pelear y al primero que pelee le saco tarjeta roja”, dice Eduardo advirtiéndolos de posibles problemas.
Terminó el primer partido y es momento que la Liga de Betuneros salte a la cancha. Carlos es el arquero, pero los compañeros de la Terminal Terrestre ganan con un gol a cero.

martes, 8 de julio de 2008

La gente, la otra cara del complejo de Ingapirca


Ingapirca. El sol está presente, pero un viento helado sopla con fuerza. Son las 08:30 y las actividades cotidianas del pueblo asentado cerca del complejo arqueológico de Ingapirca, el más importante del Ecuador han iniciado.

En las inmediaciones de este centro cultural, ubicado a un kilómetro de la cabecera parroquial y a unos 22 del centro cantonal de Cañar, algunas mujeres indígenas han modificado sus trajes autóctonos de sombrero de lana y pollera con delicados bordados y le han agregado los polines con las letras U.S.A. de colores chillones y pañuelos con los símbolos de Estados Unidos.

Las ruinas de Ingapirca conviven con esta gente, la mayoría son niños y ancianos que decidieron quedarse a vivir de la ganadería o del turismo, aprovechando que desde hace más de 100 años son vecinos de estos restos arqueológicos que identifican su cultura.

Ya no hay adoración ni un amor intenso por lo que quedó de recuerdo de los incas, pero sí una cordialidad absoluta por los turistas. Para muchos, como Jorge Bolívar Sarmiento, de 64 años, es el camino más corto para llegar a su casa. Por un problema de lenguaje, no puede expresarse bien, pero extiende su mano para saludar y esboza una sonrisa cuando un desconocido se le acerca.

Él vive detrás del majestuoso Castillo del Inca. La construcción que, según los historiadores, data de la época de Huayna Cápac y que fue un centro administrativo y religioso porque allí se realizaban las ceremonias para adorar al Sol.

Su casa está construida en el fondo de una enorme roca que tiene pequeños agujeros, lo que le hace inestable, pero que sirven como refugio de un perro que no tiene nombre ni una raza definida.

Su esposa, María Dolores Ojeda, de 67 años, cuelga la ropa recién lavada en un alambre de púas que separa a las ruinas de su vivienda. Mientras su hija, en una piedra plana y con agua helada, termina de lavar la ropa de su familia conformada por cinco personas.

Ellos saben que la presencia de los turistas es importante, por eso, cuando alguien se atreve a pasar los linderos e irse más allá de las ruinas, no hay una queja como respuesta sino una amable sonrisa. Incluso una invitación a pasar a su vieja casa de adobe que, según María Dolores, tal vez fue un punto estratégico de los antiguos ocupantes del lugar.

Jorge vuelve a pasar por el Castillo un par de veces más y camina hacia la salida del complejo por la estrecha calle de tierra.

Allí se encuentra con su vecino, Darwin Almache. Ambos, con la ayuda de dos mulas, llevan maderos para hacer leña.

A medio kilómetro de distancia, al otro lado de las ruinas, la casa de la familia Silva Serrano es el paso obligado para llegar a la roca de la Cara del Inca. Los pasos y el bullicio de los pocos turistas, que en esta ocasión vienen a visitarlos, son el llamado de atención de Carlos Serrano, de 91 años, y su hija Alejandra, de 64.

El turismo en la zona disminuyó desde el pasado 16 de mayo, cuando las comunidades de Ingapirca cerraron las puertas del complejo, en una medida de hecho que ya concluyó. Ahora son pocos los que vienen.

En un cuarto de adobe y de paja, de unos tres metros de ancho y cinco de largo, Alejandra tiene sus tesoros: huesos, piedras y ollas encontradas hace más de 40 años, cuando los expertos iniciaron la prospección arqueológica de la zona. Todos fueron hallados en su terreno y algunos los vende a los turistas.

El esposo de Alejandra, Carlos Silva, de 64 años, dice que las tradiciones se han perdido, porque la emigración a países como Estados Unidos y España ha generado una mezcla cultural que amenaza con desparecer las tradiciones de este pueblo.

viernes, 4 de abril de 2008

El Tren de la Alegría: caminar en medio de las tinieblas


La oscuridad es total. Caminar por la calle con los ojos vendados, usar un bastón, aferrarme a un hombro amigo, oler, reconocer las voces y escuchar con atención, no me parecía demasiado complicado. Pero en menos de cinco segundos de tener los ojos tapados, ya estaba asustada.
Decidí arriesgarme a participar en una cadena de ciegos para entender lo que ellos sienten. No había una pizca de luz, me coloqué unas gasas y una venda para no tener la más mínima tentación de abrir los ojos.

Comprendí que el manejo del bastón blanco es todo un arte. Una persona que repentinamente pierde su vista no puede manejarlo de un día para otro. Azucena Paguay, la coordinadora de la Asociación de no Videntes del Azuay, buscó en un armario el indicado para mí. “No, es muy grande… mmmm… muy pequeño”. Revisamos unos cinco.

Todos tienen su bastón personal que debe medir hasta su axila y es el único instrumento para percibir el mundo que hay allá afuera.

También me hablaron de los giros y la orientación de izquierda a derecha, entender eso fue lo más complejo porque hago trampa con una manilla que siempre está en mi muñeca derecha para poder guiarme.

Vulnerable
Ya con los ojos tapados me sentía vulnerable, pero mi aprendizaje debía ser rápido. Las personas videntes siempre tienen ventaja con ellos, o eso creía. Pero esta vez la ventaja la tenían ellos, unas cuatro personas con discapacidad visual, quienes se arriesgaron a salir conmigo y a caminar en cadena, en el llamado "tren de la alegría”. Se llama así porque para ellos es un aprendizaje grupal. Me doy cuenta que la vida de ellos es eso: un aprendizaje colectivo.

Todos hablaban a la vez. Sentí que no solo me quité, por voluntad, la vista, sino que los demás sentidos ahora no sabía cómo utilizarlos. De repente llegaron a mi mente los recuerdos desastrosos de mi infancia cuando me aterraba la oscuridad.

Sentí que creían que no podía lograrlo, porque entre ellos hubo una seria discusión con respecto al lugar donde me debía colocar para no caerme o para no ser una molestia: fui la segunda.

Todos intentaban ser cordiales. “Está temblando, no se asuste… va a ser una experiencia buena”, me decían un montón de voces y yo, callada.

Mi primera idea era un poco ridícula y lo acepté así cuando entré en la oscuridad total. Les propuse que la ruta sea desde las calles Las Herrerías hasta el parque Calderón; nadie me escuchó y no era por ellos, era por mí y mi poca experiencia.
Con mi mano derecha me aferré al bastón haciendo puño y con mi izquierda al hombro de Ricardo Morocho, ciego de nacimiento, profesor de orientación de la Sociedad y nuestro lazarillo.

La ruta fue cambiada y sólo daríamos la vuelta a la manzana de la Sociedad de no Videntes, en Las Herrerías. Mi primer gran obstáculo fue el bastón, no sabía moverlo.

Preocupaciones
Me preocupaba no saber mi ubicación, estar tensa y caer. Todos bromeaban de algo y a veces había silencios totales que me estresaban más porque así parecía que otro de mis sentidos, uno de los fundamentales para que los ciegos se puedan ubicar, se esfumaba. Caminamos unos 50 pasos y viramos la primera esquina del trayecto.

Como una forma de sobrellevar la situación intentaba que el bastón pegue todo, parecía que pisaba a mis compañeros y los golpeaba con mi nuevo instrumento. Los pequeños espacios verdes de la vereda se sentían como lanas de animales y las pequeñas piedras de la vereda eran verdaderos estorbos.

Carlos Quintuña, quien iba atrás mío, tomó mi mano y me enseñó que no debo apretar el bastón y que debo moverlo a los lados para determinar los obstáculos.
Lo aprendí de inmediato. Sin duda, fue el más afectado por mi falta de experiencia: lo golpeé decenas de veces.
Orientación
Ricardo tiene ese privilegio de saber exactamente donde está. Con su bastón para adelante nos indicaba dónde estaban las piedras, los huecos y los postes. ¿Cómo aprendió? Fácil: golpeándose.

En menos de 10 minutos hubo más de cinco obstáculos: postes, una piedra enorme que nos hizo caminar de lado, una alcantarilla abierta, un tanque metálico grande y hasta una camioneta estacionada en la vereda. La imprudencia de los videntes siempre es un problema para ellos.
Atención
Pasado un tiempo, por cuestiones de supervivencia, mi capacidad de atención mejoró. Escuché con atención lo que tenían que decir. Carlos, por ejemplo, trabaja vendiendo caramelos y, para él, circular siempre es un problema por la falta de una infraestructura adecuada, en una ciudad diseñaba sólo para videntes. Conversaban sobre otros ciegos que no pudieron superar su enfermedad y no se arriesgan a salir o a capacitarse.

La caminata de unos 400 metros se volvía más calmada, ya caminaba sin tensar la espalda y confiaba “ciegamente en mis acompañantes”.
“Hay que bajar”, “hay que subir”, “cuidado, obstáculo”, decía parsimoniosamente Ricardo, mientras Carlos también indicaba el camino. Isidro Mendoza, un estudiante, bromeaba de todo, y Adrián Manzano, el más joven y el último de la fila, no decía una sola palabra.

Para mí, todas las voces se escuchaban iguales: la dueña de comida rápida (sé que lo era por el olor a carne asada), el dueño de una mecánica... Para ellos, todo es útil para saber dónde están.

En menos de media hora había cambiado mi idea preconcebida sobre lo fácil que pensaba que era caminar ciega. Cuando se terminó el recorrido y me destapé los ojos, los destellos de luz me hicieron feliz, no quería estar ciega ni un minuto más.

Recorrí la ruta sola, sin vendas, comprendiendo que ellos son unos verdaderos héroes por sobrellevar sus capacidades especiales. Y también lo desconsiderados que son los videntes. El responsable de que la camioneta obstruyera nuestro paso sabía que estaba cometiendo un error. Pero me pidió que no le incluya en mi relato.

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